Todos somos “Breaking Bad”

Artículo con SPOILERS de la Serie Completa

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En cuanto a las series de televisión se refiere, y es algo que podríamos hacer extensivo a toda expresión artística u obra de ficción, estan aquellas piezas realizadas para ser una mera distracción o divertimento, una anécdota dispuesta a ser consumida rápidamente y ser olvidada de igual forma, y estan aquellas otras de un mayor calado, que permanecerán en nuestra memoria (colectiva o individual) para siempre, no sin antes, habernos removido bien las entrañas, cual palo en caldero.

Esas obras, que llamamos maestras, no sólo narran una historia de forma brillante, con guiones desarrollados hasta sus últimas consecuencias y que barajan sus elementos con absoluta precisión, haciendo que encajen todos en un puzzle de miles de piezas; no sólo jalonan el viaje con imagenes de una belleza y estética sorprendentes, que ayudan a desarrollar en lo visual aquello donde las palabras podrían no llegar; sino que además, suelen ser un estudio sociológico y ético de la naturaleza humana. Es más, comienzan hablando de alguien que nos es, en parte extraño (y en parte no, para que exista un punto de identificación del espectador) y acaban hablando de nosotros mismos.

Así sucedía con “Los Soprano”, la hasta ahora (junto a “The Wire”) única obra maestra televisiva que me he encontrado, y que comenzaba hablando de una familia mafiosa de Nueva Jersey, para acabar hablando de todas nuestras familias; y así ocurre, con la que sin duda ha sido la mejor serie de esta década: “Breaking Bad”.

Porque la historia de este profesor de química de instituto fracasado, apocado y frustrado, con pocos meses de vida por delante desde que se le diagnostica un cáncer de pulmón, es la historia de esta humanidad en estado terminal, cegada por la avaricia, el ego y la ambición, y que al igual que el señor Walter White, va en caída libre, empujada por las circunstancias y por una serie de malas decisciones, tomadas (no nos engañemos), con toda frialdad y conocimiento de causa.

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Heisenberg a través del espejo

Si en un primer momento, Walter White tomaba la decisión de transgredir la ley y ponerse a “cocinar” metanfetamina, era para dejar un sustento económico a su familia cuando él ya no estuviera; una acción que podemos incluso calificar como loable, pero que en el fondo conlleva en sí una trampa; la misma que lleva a pensar a muchas personas, que el dinero da la felicidad, o que el problema del mundo es un mal reparto de la riqueza. Porque el dinero, no incrementa la felicidad, sino la avaricia y el ego, y esto, nada mejor que verlo en la figura de nuestro protagonista.

La evolución de Walter White en “Breaking Bad” no fué lineal, sino exponencial. A cada grado mayor de presión al que se le sometía, él respondía traspasando una línea más, dando no sólo un paso, sino varios seguidos hacia el horror. 

Al principio, cuando se veía acorralado mentía, y más tarde empezó a manipular como sistema de defensa. Sin embargo, hay dos momentos claves en su bajada a los infiernos: La primera, cuando decidió ampliar su negocio de metanfetamina, subir los precios e invadir los territorios ajenos (fruto de una avaricia descontrolada) allá por la segunda temporada. Y la otra, en la última temporada, cuando llegaba a jugar con su cuñado sobre la identidad de Heisenberg, hasta revelarle la verdad con el famoso “Me pillaste”; una actitud megalómana, propia de supervillanos como el Profesor Moriarty o de tantos otros de la historia de la literatura.

Aún así, de todas las acciones de Walter, ninguna fue tan repulsiva como la corrupción de todo lo que le rodeaba. No sólo en cuanto a su esposa se refiere, logrando en un momento dado, despertar en ella también una ambición infinita (que la hace pasar por alto lo que para ella era inaceptable en un principio); sino sobre todo, la de Jesse Pinkman al que destruye desde su más profundo interior, siempre con la promesa de ser lo que éste le pide, y que nunca le llega a conceder: convertirse en una suerte de padre para él.

La serie de esta forma, que arrancaba desde la identificación con nuestras propias frustraciones, y miserias, le iba suponiendo al espectador una serie de carrera de obstáculos a cual más duro, para ver hasta que punto éramos o no capaces de seguir con esa identificación primigenia; hasta que punto podíamos disculpar el mal y dejar de mirar hacia otro lado. 

Parte fundamental de ese retrato la tuvo Bryan Cranston, que fue modulando su interpretación de Walter, física y emocionalmente, para convertirlo en un personaje tan dúctil en su expresividad, como frágil en lo moral. Algo que le ha acabado colocándole en el Olimpo de la interpretación.

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El conejo rosa en la madriguera

¿Y quién es Jesse Pinkman… esa especie de Sancho Panza alucinado que acompañaba a Walter White en todas sus correrías? Jesse, probablemente acabó siendo, como digo, la mayor víctima de esa fuerza destructiva y vengadora que es Walter. Un niño inmaduro e hipersensible, incapaz de afrontar sus responsabilidades, superprotegido y desvinculado de la realidad completamente (algo así como el adolescente tipo actual), con el único recurso de la huída y evasión, cuando se autoculpabilizaba de algo.

Lo más triste sin duda del personaje interpretado de forma magistral por Aaron Paul, fue esa necesidad que tenía en Walter de la aprobación y del amor paterno (de hecho uno de los conflictos más importantes entre ellos, terminaba solucionándose con el reconocimiento de Walter de que su trabajo “cocinando” es tan bueno como el suyo).

Estos aspectos del mundo emocional de Pinkman, sin embargo nunca se vieron tan claros hasta la cuarta temporada, cuando despues de ser obligado por Walter una vez más a matar, Jesse por fin traspasaba esa línea por lealtad y amor a su mentor, no recibiendo el apoyo ni el agradecimiento necesario por parte de éste. Entonces, el conejo, asustado y atormentado por sus actos, se refugiaba en la madriguera, y se hacía más vulnerable a la manipulación por parte de todo tipo de zorros.

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 De pollos y hermanos

Sobre la figura de Skyler White, la esposa de Walter, es muy destacable igualmente su evolución a través de las distintas temporadas, de ignorante, a indignada, de consentidora y colaboradora a finalmente víctima. Punto clave de todo ello fue el momento en el que tuvo que afrontar finalmente la conversión de su marido en uno de esos villanos de los que anteriormente él mismo intentaba escapar, (recordemos la reacción de ella a ese mítico “Yo soy el que llama a la puerta”).

De entre los secundarios que acompañaban a los White, hay uno en particular que demostró de forma definitiva, la absoluta brillantez de Gilligan como escritor: Hank, el cuñado de Walter. Presentado en la primera temporada como un cuñao-palizas, “machirulo” y con la simpleza del asa de un botijo, Hank fue evolucionando de forma sorprendente en la serie. Para ello, fue fundamental su experiencia en “El Paso” convirtiéndole en alguien muy vulnerable. fue como si en ese punto, se hubiera transformado de amenaza para Walter, en probable daño colateral a causa de sus actos, tal y como finalmente ocurrió.

En el magnífico episodio “Un minuto” de la tercera, es él ya el que recibe casi todo el protagonismo; posteriormente y sin quererlo acabó convirtiéndose en un Alfil para Walter, en la partida de ajedrez que mantuvo con Gus Fring y con los protagonistas del último acto.

No puedo tampoco dejar de comentar algo sobre los distintos malvados que fueron acompañando a Walter en su transformación, cada uno en un grado de complejidad y grado de maldad creciente. Desde el matón “Crazy-8” hasta el salvaje narco “Tuco”, para llegar finalmente al refinamiento de Mike (dulce abuelito de día, despiadado asesino de noche) y del único rival que logró ir tres pasos siempre por delante de Walter: Gus Fring.

Lo que hacía más terrorífico al personaje de Fring, era que en su cuadriculado mundo (ese mismo mundo que Walter habitaba, y que podía venirse abajo por una simple mosca) todo aquello que representaba una dificultad había de ser seccionado (limpiamente eliminado con un “cutter”). De esta manera, friamente, sin algún motivo personal que lo justifique, (“son sólo negocios”) dictó la sentencia de muerte de Walter a la primera decepción.

La partida de ajedrez que desde entonces mantuvieron los dos personajes durante la tercera y cuarta temporadas, resultó antológica,tanto en su jaque a mitad de la misma (resuelto con el asesinato de Gale) como en el mate final, en el que volvieron a aparecer involucrados personajes eventuales de la serie como Héctor Salamanca o el gran Saul Goodman (protagonista de lo que está siendo un glorioso spin-off), que se incorporon como piezas definitivas en la jugada final.

Fring estaba construido con tal precisión, mimo y cuidado, que tuvo casi un capítulo entero (“Hermanos”) dedicado a un flashback del personaje. Gilligan, incluso se permitió el capricho de meter una intro en otro de los capítulos, que no era ni más ni menos que el spot publicitario de su tapadera “Los pollos hermanos”, realizado con todo lujo de detalles y verosimilitud.

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La escalera de Gilligan

Vince Gilligan, el creador y guionista de la serie, es un escritor superdotado, que sabe cuando hay que contar algo y cuando callárselo, y cuando retomarlo tiempo después, haciéndolo encajar aún de forma más sutil, y estableciendo nuevas relaciones del pasado con el presente. Un ejemplo paradigmático de estas elipsis utilizadas luego como “flashbacks” fue la muerte de “El tortuga” en la serie.

Pero en ese juego, sorprendió a los espectadores igualmente con “flashforwards” adelantados al tiempo presente a modo de sugerencia, para dotar de textura a una unidad temporal mayor. Así lo hizo con el famoso oso de la piscina en la segunda; imprimiendo a toda la temporada de una atmósfera trágica, en la que sabías que algo iba a pasar, pero no el qué ni el cuando (el accidente aéreo del cierre), o con ese comienzo cumpleañero en una cafetería, ya en la última temporada. Recursos heredados de “Lost” pero utilizados aquí de una forma más templada y honesta, al servicio de la historia y no al revés.

Gilligan siempre ha sabido cuando colocar una imagen y cuando usar una palabra en detrimento una de otra, y se ha permitido cerrar temporadas (la cuarta) con un plano que lo cuenta todo, o cerrar la serie cenitalmente, negando la redención de su criatura.

Él, organizó todas las temporadas como si fueran una escalera de seis tramos. Es decir, los personajes realizaban un recorrido casi circular, partiendo de un punto y volviendo a uno similar (punto 0, desarrollo, nudo, y desenlace al punto 0 otra vez), pero en sentido descendente. Porque al contrario que en otras series, aquí siempre hubo una evolución, pese al caracter muy autoconclusivo de las temporadas. Hubo movimiento, y ese movimiento siempre fue hacia abajo, hacia el infierno. Gilligan cerró siempre arcos temporales, dejando a Walter White cada vez más hundido en la podredumbre moral que él se había ido creando alrededor. Siempre retando al espectador a que empatizara con el protagonista (si podía hacerlo).

Hay capítulos enteros que son una obra de arte como cualquier Picasso o cualquier Hitchcock. Ese “Ozymandias” o ese “FeLiNa” donde como en todas las grandes obras que han profundizado en quienes somos y adónde vamos, nos devuelven una mirada a nuestro interior, aterradora.

En el fondo, todos somos Walter White, y todos (si nos dejan), haríamos lo que hizo él.

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