Prohibición, censura y educación

Hace algunos días fui al cine a ver una película de estreno, algo muy habitual en mí. Sin embargo, a diferencia de otras obras donde nada más salir del cine prácticamente no vuelves a hablar de ellas, en este caso el guión abrió la puerta a un interesante debate en el que me vi inmerso las siguiente 24 horas.

La película en cuestión era “Men, Women & Children”, dirigida por Jason Reitman, responsable de otras más conocidas como “Juno” o “Up in the air”. A pesar de saber de su existencia, no la había considerado como una opción para ver en cine. Primero por lo que creo que es una desafortunada portada en la que la sensación que se transmite al espectador no se corresponde con el tipo de cinta que luego se ofrece. Un cartel más convencional creo que habría funcionado mucho mejor. Uno más alejado de parecer un documental o alguna obra demasiado profunda. Es triste pensar que han de cometerse concesiones creativas a la hora de diseñar un cartel para así llegar a un público más amplio, pero lo cierto es que creo que es una obra que mucha gente debería ver. La segunda razón por la que no me atraía era la cantidad de críticas modestas que había recibido. Pero al final, la opinión de uno mismo es lo que cuenta, y tras ver el trailer me sentí muy atraído por la trama.

Comprendo perfectamente que es una película que puede no gustar a muchos, e imagino que de ahí proceden las malas críticas. Para mí, sin embargo, fue una grata sorpresa y la considero superior a las dos películas antes mencionadas. “Juno” es sin duda genial, pero la importancia de los temas que se tratan en “Men, Women & Children” está a otro nivel. Y lo más importante de todo, todos ellos se representan mediante situaciones fácilmente creíbles y con las que muchos podemos empatizar. Es una dura crítica al uso que la sociedad da hoy en día a las nuevas tecnologías y de los problemas que ello puede acarrear.

Como digo, nada más salir del cine comencé una larga (pero sana) discusión. Dos posturas enfrentadas. Aquella que defendía que todo contenido violento debía ser prohibido, y otra más precavida, que considera que en esta vida nada debería prohibirse siempre que no afecte a la vida de un tercero, y que es en la educación en donde debemos centrar todos nuestros esfuerzos. Yo represento a esta última.

Internet, los smartphones, las redes sociales, youtube…en apenas una década hemos visto como nuevas herramientas de comunicación han irrumpido en nuestra vida de forma evidente. Y como toda nueva tecnología, ofrece una enorme cantidad de posibilidades, al igual que conlleva una gran responsabilidad.

Mi pareja, que es con quien comenzó la rencilla, es una persona contraria al uso de redes sociales. No podréis encontrar su perfil ni en Twitter, ni Facebook, ni Instagram o Tuenti. Incluso hasta hace apenas dos años era reacia a usar WhatsApp, a pesar del coste que ello supone. Cualquiera que encienda un telediario hoy en día comprobará como el 60% de las noticias son referentes a robos, asesinatos, corrupción, violaciones…y el 40% restante son deportes. Muchas de esas tragedias son producidas en ocasiones por el mal uso de algunas de las tecnologías mencionadas o por la supuesta influencia de algún tipo de contenido violento, como pueden ser el cine o los videojuegos. Es por ello que casi a diario se pone sobre la mesa este asunto y se debate sobre cómo debemos proceder como usuarios o padres. Famoso es el caso de un adolescente que asesinó a su familia con una katana y que vestía igual que Squall, protagonista del videojuego “Final Fantasy VIII”. Y sin duda los tiroteos de estudiantes en institutos públicos pueden intentar relacionarse con el consumo de videojuegos como “GTA” o “Call of Duty”. Todo este tipo de acontecimientos parece haberse multiplicado en los últimos años, y ¿qué otras explicación puede haber más allá del fácil acceso a este tipo de contenidos?

Estos son los argumentos que usaba ella para defender su postura. Y lo cierto es que son perfectamente válidos.

Mi opinión, por otro lado, es que existen más factores que influyen en dichos datos y que, a pesar de existir un problema real, lo importante es aprender a enfrentarse a él, y no tratar de borrarlo.

Cuando entro en una discusión, suelo valerme de ejemplos extremos, y aunque pueden resultar absurdos en ocasiones, creo que es la mejor forma de transmitir una idea. Personalmente no creo que la sociedad haya degenerado y que seamos hoy peores seres humanos que hace 100 años, como defiende mi pareja. Creo que son muchas las razones que pueden hacer pensar a algunos lo contrario. La primera de todas es que, como he dicho, las únicas noticias que parecen interesar a los medios de comunicación son las tragedias. Si el 100% de lo que se nos cuenta es negativo, es lógico pensar que vivimos en un mundo peor. Pero, ¿y qué hay de aquello que no se nos cuenta? ¿Deja por ello de existir? Evidentemente, no.

No hay más que navegar un poco por la web para encontrar decenas de sitios donde se nos cuentan historias emocionantes, llenas de valor y amor que nos hacen recuperar la fe en el ser humano. El número de organizaciones benéficas o ecológicas existentes es claramente superior al de hace unas décadas. Hay millones de personas en el mundo que dedican su vida entera a ayudar a otros. Pero parece ser que no venden tantos periódicos como el vecino que decide matar a otro por una disputa durante un partido de fútbol.

El vivir en la era de la información es el siguiente factor a destacar. Estoy convencido de que antiguamente también se cometían asesinatos, violaciones y abusos en cualquier rincón del mundo. La gran diferencia a día de hoy es que es mucho más fácil que uno de esos casos se divulgue por todo el globo en cuestión de minutos. ¿Acaso se enteraba antes un gaditano de cómo un tejano había sido arrestado por abuso de menores? Hoy son millones de ojos y bocas los que se convierten en testigos de todo cuanto sucede, y es por ello que da la sensación de que ocurren desgracias que antes no.

Pero…a pesar de ello, también estoy seguro de que se cometen más delitos que antes. Y la razón es muy simple. Somos más, muchos mas. El otro día tuve acceso a una gráfica muy reveladora. Desde el 10.000 A.C. hasta el año 1.900, la población mundial creció hasta los 1.600.000.000 de habitantes. Durante los siguientes 114 años, esa cifra ha incrementado hasta los 7.400.000.000.  Recordad, estamos comparando poco más de 100 años frente a 12.000. Si la probabilidad de que se cometa un asesinato en una sociedad con 2 habitantes es de X, dicha probabilidad crece de forma exponencial cuando su tamaño crece también. Por ello, es evidente que hoy en día tienen lugar más desgracias que antes…al igual que tienen lugar más buenas acciones. Pero estas últimas no nos llegan de la misma forma.

LA INFLUENCIA DE LOS CONTENIDOS VIOLENTOS

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Otro argumento en mi contra era que los videojuegos y películas violentas, fomentan en algunos el deseo por llevar a cabo el mismo tipo de acciones en su vida real y encima dan ideas de cómo llevarlas a cabo que quizá antes no habrían tenido.

Ambos medios influyen en el comportamiento de quienes los consumen, de eso no cabe duda. Soy el primero que reconoce que cuando juego a un título de conducción, luego me siento de forma distinta al coger mi coche. Debo recordarme a mí mismo que en la vida real no puedo golpear a otros coches para adelantar, por poner un ejemplo. Los videojuegos son cada día más realistas y es un factor que hay que tener en cuenta a la hora de disfrutarlos.

Pero, que yo sepa, ni los videojuegos ni el cine violento influyeron en Hitler, Stalin u otros dictadores, ni provocaron el estallido de ninguna de las peores guerras conocidas. Tampoco sirvieron de modelos para crear las terribles máquinas de tortura que se usaban en la edad media. No hizo falta ver la saga “Saw” para ello. Es un ejemplo extremo, lo sé…pero no veo que no sea válido. Mentes retorcidas han existido y existirán siempre. Hoy en día son más, porque somos más.

Incluso creo que un videojuego puede provocar un efecto contrario. Como decía Freud en “La interpretación de los sueños”, en ocasiones estos podían servir para realizar acciones que en la vida real no podríamos llevar a cabo y sentirnos “realizados” como si las hubiésemos hecho. Acciones como matar a nuestro jefe o acostarnos con otra persona. No poca gente se despierta influenciada por aquello con lo que ha soñado. De la misma forma, robar en un videojuego o correr a 200 kilómetros por hora puede satisfacer mi necesidad de hacerlo de verdad.

Además, ¿por qué si yo llevo consumiendo películas y videojuegos violentos desde hace años nunca he cometido delito alguno? Existen distintos tipos de personalidad y no todos somos igualmente influenciables. Pero hay algo que afecta directamente y de forma muy efectiva sobre este asunto, y es la educación que recibimos. Todas las nuevas tecnologías pueden ser usadas para el mal o provocar lamentables incidentes. Pero no menos cierto es que también sirven para hacer grandes cosas, y estas ganan a las primeras por mucho. Por ello es importante que no nos limitemos a prohibir aquello que suponga una amenaza.

La libertad de un individuo acaba donde empiezan las de los demás”. Bajo esta premisa, considero que cada uno es totalmente libre de hacer lo que quiera con su vida. Si a un director de cine le apetece rodar una película sobre un depravado asesino que tortura a sus víctimas, que lo haga, Y si a mi me apetece verla en mi casa, lo hago. ¿Por qué prohibir algo que no hace daño a nadie? Existen grupos de gente que se reúnen cada cierto tiempo y llevan a cabo rituales en los que se cuelgan de cuerdas mediante anillos que llevan en la espalda y se quedan suspendidos en el aire durante varios minutos. Es algo que a mi nunca se me ocurriría practicar, pero ¿quién soy yo para impedírselo?

Lo que sí es importante es llevar un control sobre la educación que debemos recibir y a qué edad es recomendable que accedamos a un contenido u otro. Es por eso que existen clasificaciones de edad tanto para el cine como para los videojuegos. No es problema de los creadores si en países como el nuestro se saltan a la torera este tipo de restricciones. Todavía recuerdo como en Irlanda, ninguna tienda quería venderme el primer GTA de Playstation (sí, ese que parecía un juego de Super Nintendo y se veía desde arriba) porque era menor. Al final lo conseguí, claro está, pero al menos algunos países se toman en serio las calificaciones por edades. Y mencionar GTA me permite introducir un problema que tienen los videojuegos. Cada vez que un niño ponía en el mostrador una copia de dicha saga cuando era empleado de Game, le pedía al instante que viniera su padre o su madre, sin excepciones. Acto seguido invertía 5 minutos en relatarle las “bondades” de dicho juego y porqué debía mantener alejado a su hijo de él. Y no trataba de ocultar que en mis palabras había algo de hipocresía:

– Señora, reconozco que yo mismo he jugado a esta saga cuando aún era menor. Pero cuando yo jugaba, los gráficos eran dibujos pequeños apenas distinguibles. El realismo que han alcanzado hoy en día es suficiente para tomárselo más en serio. 

GTA-11 copia

Entendía la frustración y el odio que aquellos niños pudieran sentir hacia mí por impedirles jugar. Y valoro la calidad que ofrecen esos juegos aparte de su violencia. Pero considero que existe una edad para hacer cada cosa. Dicha edad se va transformando con el paso del tiempo, y lo que antes hacíamos a los 18 ahora lo hacemos a los 15. Pero aún así en importante mantener ciertos límites. Y no menos importante, creo que el hecho de que los niños de hoy en día tengan acceso tan temprano a ese tipo de contenidos, les cierra la posibilidad de disfrutar de otros realmente geniales. Me costaba horrores despertar el interés de esos clientes en un “Rayman Origins” o un “Toy Story 3”, juegos que yo mismo he completado acercándome a la treintena y que he disfrutado de principio a fin. Los chavales de hoy en día son incapaces de pensar en otra cosa que no sea “Call of Duty”, y cualquier jugador curtido sabe que no es precisamente el prototipo de juego que ofrezca una experiencia realmente innovadora o que vaya más allá de la pura diversión.

¿Significa eso que debemos prohibir la venta o incluso creación de dichos títulos?. Para nada. La oferta debe ser lo más amplia posible, sin restringir la capacidad creadora de los artistas, y que sea el público quien decida qué consumir.

Cuando era pequeño, en mi casa nunca se me prohibió fumar tabaco. Mi madre entendió muy bien que no se pueden poner puertas al campo (algo que ni gente del gobierno comprende aún con las recientes leyes de propiedad intelectual). Para ella resultaba absurdo prohibirme algo si no iba a poder controlarlo las 24 horas del día. En su lugar, se dedicó desde que era un niño a mencionarme cada cierto tiempo lo perjudicial para la salud que resulta ese vicio. Mi relación con el tabaco duró exactamente lo mismo que los dos únicos cigarrillos que he probado…en los que ni siquiera sabía como tragar el humo correctamente. No podía entender, y todavía sigo sin hacerlo, como alguien puede esforzarse en apreciar un vicio que a primeras a nadie resulta agradable, que es tremendamente caro, deja mal olor y encima mata lentamente por dentro. Debido a que sabía perfectamente sus perjuicios de tanto oírlos en casa, decidí que podía invertir todo ese dinero en algo mucho mejor, como ir al cine con mis amigos.

Y aún así, reconozco haber visto películas violentas como “El club de la lucha” antes de tiempo. Algo que por cierto provocó que durante varios meses tuviera que informar a mis padres qué películas iba a ver al cine. Por supuesto no sirvió para controlar realmente qué veía y qué no, pero al menos sirvió para que dentro de mí supiera que tenía que tener cuidado con lo que hacía. Si te esfuerzas en prohibirlo de forma radical, conseguirás una respuesta opuesta de igual intensidad, como un pueblo que se revela ante un dictador. Si permites una libertad total, corres el riesgo de que salga mal debido a la inconsciencia. La clave está en encontrar un equilibrio.

EL CONTENIDO VIOLENTO COMO RECURSO EDUCATIVO

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No sólo considero que no debería prohibirse ningún tipo de contenido mientras éste sea inocuo, sino que creo que la creación del mismo puede resultar provechosa para educar adecuadamente a un perfil concreto.

Poco antes de “El club de la lucha”, vi también una película que cambió mi vida. No tanto por que pudiera cambiar mi forma de pensar, ya que no es un tema que me influyera directamente, sino por su innegable calidad y potencial didáctico. “American History X” continúa siendo a día de hoy una de mis obras preferidas. A pesar de ser reconocida por muchos como altamente violenta, me sorprendió cuando comprobé que está considerada como “no recomendada para menores de 13 años”. No podía entender como una película así no había alcanzado la calificación para mayores de edad. La respuesta la encontramos si profundizamos en cuál es el verdadero objetivo de la misma.

La historia nos narra la vida de un joven americano cuyo padre es asesinado en un barrio de negros, lo que le lleva a convertirse en el líder de un grupo neonazi. Poco después acaba en la cárcel, algo que cambia por completo su pensamiento y le lleva a renunciar a todas sus creencias y tratar por todos los medios de alejarse de esa vida. Lo más impresionante y loable de esta cinta, es que durante toda la primera hora, es realmente capaz de hacer entender al público las razones por las que un neonazi puede llegar a pensar así, e incluso sembrar la duda sobre si lo que hacen es medianamente correcto. Durante la hora restante, se encarga de derrumbar esos principios uno por uno y hacer que cualquier persona que pudiera pensar así, se encuentre sumiso en un mar de dudas en el que no pueda seguir justificando sus actos. Es una película que debería ver todo el mundo, pero en especial aquella gente que se encuentre en una edad y ambientes conflictivos que pudieran llegar a conducirle a comportarse así. Algo parecido sucede con “La Ola”, a pesar de que esta no es violenta. No podemos restringir el visionado de esas obras a mayores de edad si es precisamente en años anteriores en el que corren el riesgo de caer en algunas de estos dogmas.

Hace algún tiempo, se usó esta técnica para concienciar a los conductores de toda España, con campañas publicitarias en las que se mostraba sin reparos la crudeza de los accidentes de tráfico. Anuncios que resultan más efectivos de lo que cualquier otro tipo pudiera llegar a ser. Es imposible educar a alguien a llevar el cinturón o el casco diciéndole simplemente que es bueno para él, que es lo correcto…hay que hacer que vea cuáles son los efectos de no hacerlo. No hay que tener miedo a cortarse en ello, puesto que las consecuencias de un accidente no se cortan con el afectado.

Y pocos medios pueden resultar tan efectivos como el de los videojuegos. Ayer mismo comencé a jugar a un título que llevaba queriendo probar desde hace casi una década. “Bully”, conocido aquí como “Canis Canim Edit”, fue el último juego de Rockstar para Playstation 2. Esta compañía, también responsable de GTA, Manhunt o Red Dead Redemption, nunca está exenta de polémica con cada nuevo lanzamiento. Pero este caso fue muy distinto. Era la primera vez en la historia en la que se creaba un juego que nos ponía en la piel de un chico conflictivo, enviado a un reformatorio y propenso a abusar de otros compañeros. Esa es la premisa, y lo único que los medios no especializados quisieron quedarse. Y durante todo este tiempo yo mismo pensé que ese era el objetivo del título. Sin embargo, cuando ayer pude probarlo, a las pocas horas entendí que el fin último de la obra era muy distinto. Ese chico conflictivo, resulta ser el primero que decide acabar con todos los abusones y “matones” del reformatorio. Como sucede en “American History X”, se trata de concienciar al consumidor de que tales conductas no son apropiadas y que deben penalizarse. Es triste que hasta el medio especializado español más importante del momento, “Hobby Consolas”, decidió no puntuar el juego ya que decían que su propuesta no les había gustado en absoluto. No puedo entender cómo podían pensar algo así cuando el objetivo del juego es bien distinto.

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EL EFECTO REBOTE

Y volviendo al problema de las nuevas tecnologías, al uso que los adolescentes hacen de las redes sociales y a cómo publican sin escrúpulos hasta el más mínimo detalle de su vida personal, creo que es algo que efectivamente debe estar supervisado hasta cierto punto, hasta que se alcance cierta madurez. Como con el tabaco, es necesario educar desde el principio para que cada uno sepa cómo debe aprovecharse y sacar buen partido de dichas tecnologías, sin ponerse en peligro a sí mismos.

Muchas veces comparo este comportamiento social con la llamada “época del destape” en el cine español. Tras la censura, las salas de cines comenzaron a inundarse de obras en las que salían continuamente desnudos y sexo. Existía una extraña necesidad de mostrar en abundancia algo que antes estaba prohibido. Ha sido un estigma que hasta hace poco ha acompañado al cine de este país. Hace ya varios años que los cineastas y consumidores se dieron cuenta de que realmente no aportaba nada ver semejantes escenas si no eran estrictamente necesarias. Es por ello que tuvo lugar un efecto “rebote”, y cuando nos dimos cuenta de haber sobrepasado una determinada línea, supimos dar marcha atrás, y a día de hoy resulta mucho más difícil ver una película española en la que se muestre desnudo alguno.

Existen ya numerosos casos en los que el uso inapropiado de las redes sociales ha traído consecuencias. Entrevistas de trabajo que se ven truncadas debido a fotos de borracheras subidas a Facebook o el más que famoso caso de este año el que decenas de “celebrities” vieron como sus fotos privadas inundaron la red para estar al alcance de cualquiera, para no desaparecer nunca. Este tipo de acontecimientos provocan que los usuarios comprendan que a partir de ahora, no pueden compartir cualquier tipo de contenido, y que si desean hacerse fotos íntimas (cualquiera es libre de hacer lo que quiera en su vida privada) deben tener mucho más cuidado con lo que hagan después con ellas. Pienso que no falta mucho para que tenga lugar otro efecto “rebote” y que dentro de unos años la gran mayoría de nosotros aprendamos a controlar estas tecnologías y darle el uso apropiado.

Porque cuando se hace, tenemos acceso a una red que es un mundo de posibilidades. Repito constantemente que el 90% de los contenidos que aprendo en mi carrera, son accesibles a través de Youtube de forma gratuita mediante centenares de tutoriales. A diario uso este portal para aprender más sobre vídeo, fotografía, dibujo o incluso ciencia. O, ¿por que no?, a ser mejor persona. A diferencia de los telediarios, en Youtube se visualizan cada día miles de vídeos de actos heroicos que sirven de ejemplo para concienciarnos a ser más respetuosos con aquellos que nos rodean. Casos de gente que se entrega por completo a un sueño y ve como sus esfuerzos dan resultado.

Conectar a millones de usuarios a través del mundo es una oportunidad única para conocernos mejor y hacer grandes cosas. ¿Cómo prohibir algo así? Tan sólo debemos aprender a sacar partido de su potencial sin cometer errores en el camino.

Las nuevas tecnologías seguirán apareciendo sin descanso generación tras generación, por lo que resulta inútil tratar de frenarlas. Pero la educación es algo que perdura y que se transmite de la misma forma. Es nuestra herramienta para afrontar aquello cuanto está por venir.

Aprended cómo y cuándo debemos hacer uso de ellas, y cuando lo hagáis, disfrutad de todo aquello que son capaces de ofrecernos…algo que es en mi opinión lo mejor que le ha pasado a este pequeño mundo en mucho tiempo.

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